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Francisco Lacueva Lafarga

Nací de padres católicos romanos el 28 de septiembre de 1911, en San Celoni, provincia dé Barcelona, España. Mi padre murió en 1918, a una temprana edad, víctima de una epidemia de influenza que visitó tantos hogares en mi país. Yo sólo tenía seis años, y mi madre tuvo que trabajar muy arduamente desde entonces, siendo que quedamos muy pobres. Dos años después, un amigo obtuvo un puesto para mi madre como sirvienta en un Convento de las Monjas  Concepcionistas-Franciscanas en Tarazona de Aragón, una pequeña ciudad en la provincia de Zaragoza. Las monjas la aceptaron con la condición de que yo estudiara para sacerdote, puesto que no querían muchachos en la portería del convento, a menos que se los destinara para que más tarde entraran al seminario.
Así, pues, a la edad de ocho años, me encontré ya comprometido para un futuro acerca del cual sabía menos que nada. La influencia abrumadora de las monjas era tal que durante mi carrera en el seminario, a pesar de que yo le había dicho a mi madre varias veces de que no sentía la vocación para una vida de celibato, me amenazó que me enviaría al orfanatorio de la Guardia Civil, que procedió a describir con muy oscuros colores.
Mi vida como joven sacerdote
Cuando tenía diez años, entré en el Seminario de Tarazona para estudiar para el sacerdocio. No estudié con mucho ahínco hasta los cursos superiores, pero aun así, pude pasar todos los exámenes con las mejores calificaciones. Sentí que esto era una pequeña compensación de mi orgullo para contrarrestar las atracciones de un trabajo ordinario en el cual yo podría haber logrado mis deseos de formar un hogar.
Fui ordenado sacerdote el 10 de junio de 1934, en Tarazona, por el Dr. Goma, Arzobispo de Toledo. Luego pasaron quince años de ministerio a la Iglesia, clases en el Seminario y en privado, así como entierros, bautismos, casamientos, y otras ceremonias religiosas.
Suprimo las dudas
En septiembre de 1948, fui promovido por mi obispo a la cátedra de Teología Dogmática Especial en el Seminario Diocesano de Tarazona de Aragón. Un año después también me designaron como Canónigo Magisterial, es decir, predicador oficial en la Catedral.  Hasta esa fecha me las había arreglado para suprimir todas las dudas y dificultades que había experimentado con respecto a muchas de las doctrinas que la Iglesia Católica Romana enseñaba y obligaba a los fieles a creer. Esto se había logrado parcialmente debido a la sumisión inmediata e incondicional que, bajo pena de excomunión, todos los verdaderos romanistas rendían al Papa.
Días después leí en una revista católica romana, "Cultura Bíblica", el nombre de Don Samuel Vila, Pastor evangélico español, a quien atacaban por algunos comentarios que había hecho en su libro, "A las fuentes del Cristianismo", con referencia a los hermanos de Jesús: Después de tantos años, todavía podía recordar el nombre de este pastor, por lo que busqué su dirección en la guía telefónica y le escribí una carta describiendo con extrema sinceridad mis problemas espirituales.
Una verdadera conversión a Dios
El Pastor Vila contestó con una carta llena de comprensión y unción del Espíritu Santo, en la cual explicaba muchas de las verdades fundamentales de la Palabra de Dios, que sin embargo me asombraron, puesto que eran en contra de todas las cosas que yo había creído. El Sr. Vila no me pidió que me convirtiera en Protestante, pero con mucha candidez me dijo que la solución a mi problema espiritual no estaba en cambiar de una confesión religiosa a otra, sino en una verdadera conversión a Dios. Esta fue mi primera sorpresa, y no fue la última. Añadió que mi salvación dependía de mi simple aceptación, por fe, de Jesús como mi Salvador personal y (otra gran sorpresa) que considerara la vida cristiana como una relación espiritual cariñosa con Dios. Para mí esto fue extraordinario. iY estos eran los enconosos Protestantes!
Continué intercambiando correspondencia con él; y, después de las primeras cartas que recibí, me envió mucha literatura evangélica. Siempre recordaré la impresión que recibí de leer el libro A las fuentes del cristianismo, de Samuel Vila. Allí descubrí una exposición razonada de las soluciones para mi investigación personal que había iniciado contra los dogmas del romanismo. ¿Por qué no había yo visto estas cosas? Simplemente porque no poseía el extenso conocimiento de la Biblia y la historia que, en su conrrespondencia, el Rdo. Vila demostraba que tenía. Así que fue que me dediqué al detallado y asiduo estudio y meditación de la Palabra de Dios, acompañado por mucha oración en la cual buscaba la abundante gracia del Espíritu Santo para,descubrir el verdadero sentido de la Palabra, a fin de atesorarla en mi memoria y corazón, para vivirla a través de mi vida, y para comunicarla a otros. En poco más de un año había leído toda la Biblia dos veces del principio hasta el final, y el Nuevo Testamento muchas veces. También estudié los mejores comentarios Romanistas y Protestantes.
La Palabra de Verdad
Pronto me encontré gozando de los frutos de esta tarea tan agradable. Mi estudiantes a menudo se asombraban ante las referencias bíblicas pertinentes y variadas con las cuales yo apoyaba mis explicaciones teológicas. Pero por sobre todas las cosas, vi con claridad y por primera vez la falsedad de muchas de las doctrinas de la Iglesia Católica Romana que son los artículos de fe. ¿Por qué no había notado esto antes? Por la simple razón de que yo jamás había procurado un estudio tan detallado e imparcial de la Palabra de Dios. Por eso es que la inmensa mayoría del clero romanista continúa en sus falsas doctrinas, sin abrir sus ojos a la pureza de la verdad del evangelio.
A pesar de que la luz había comenzado a filtrarse en mi alma en enero de 1961, todavía no era salvo, aunque ya estaba convencido de la falsedad del romanismo. Sin embargo, me decidí unirme a la Iglesia Evangélica. Me sentí muy alentado a esta altura de mi conversión por la visita personal que hice a don Samuel Vila en Terrassa (Barcelona) en mayo de ese año. El fervor y la devoción con que me habló y particularmente cuando oró al Señor conmigo, y con su cuñado, Don José M. Martínez, me impresionaron y emocionaron en gran manera.
El poder de la gracia de Dios
Siguiendo el consejo del hermano Vila, puse a prueba a Dios en momentos de gran dificultad para mí, y con resultados maravillosos: Finalmente, en un glorioso 16 de octubre de 1961, y en medio de una prueba que me encerraba como un verdadero toro de Basán, elevé mis ojos y corazón al cielo, no descansando en mi propia fortaleza, sino seguro del poder de la gracia de Dios, la cual cosecha sus mayores triunfos ante la debilidad e impotencia humanas, "Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi Poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, Para que repose sobre mí elpoder de Cristo" (2Corintios 12:9). "Diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón, a quien el Señor no inculpa de pecado" (Romanos 4:7-8).
Desde esa fecha he visto muy claramenté que he nácido a una nueva vida, he abandonando mi vida de pecado, y me he rendido incondicionalmente a Cristo, dispuesto a llevar su cruz y seguir fielmente en sus pisadas. Cada día he orado que el Espíritu Santo pueda mantenerme siempre alerta, para obedecer sus más leves deseos, que yo pueda ser un instrumento bajo su dirección omnipotente. Desde octubre de 1961 hasta junio de 1962, mis amigos, mis estudiantes, y mis compañeros más íntimos pudieron ver el cambio que se había obrado en mi vida. Mis sermones tenían un fuego de convicción que nunca habían tenido antes. Mi corazón estaba lleno de un entusiasmo, un gozo interior, una maravillosa felicidad, y mi mayor placer era en la oración, y en la lectura continua y estudio de las Sagradas Escrituras. Comencé a leer metódicamente; y muchas eran las Biblias y Nuevos Testamentos que se obsequiaron a mis amigos en sus cumpleaños y días de fiesta.
El romanismo: Otro evangelio
Después de un tiempo me di cuenta de que era imposible, en mis nuevas circunstancias, continuar en la Iglesia Católica Romana. E1 21 de junio de 1962, escribí cartas fechadas el 16 del mismo mes en Barcelona dirigidas a mi obispo y al presidente del Concilio Canónico de la Catedral de Tarazona, a la que estuve vinculado por trece años como Canónigo Magisterial. En ellas renunciaba a todos mis honores y cargos y les decía de mi salida de la Iglesia Católica Romana. Le decía al obispo que yo no deseaba caer bajo las anatemas de Gálatas 1:8-9, "Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema".
No mi propia justicia, sino la de él
El mismo 21 de junio crucé la frontera española-francesa en Port-Bou, y en la tarde del día siguiente, desembarqué en el puerto de Newhaven, en la costa sur de Inglaterra, donde me esperaban los brazos abiertos de un siervo de Dios y amigo, Mr. Luis dé Wirtz.
No quiero omitir que el domingo 17 de junio, por primera vez, asistí a una reunión evangelística en una Iglesia en Barcelona y hablé en un servicio de la tarde, en otra capilla en Terrassa. Luego disfruté de la hospitalidad y cortesías de mi mentor espiritual, Don Samuel Vila.
No quisiera concluir sin ofrecer un vibrante testimonio de mi converción a Jesucrrsto. Con gran gozo he renunciado  a los altos cargos que ocupaba en la Iglesia Católica Romana y a la generosa forma de vida que los acompañaban. Sigo con confianza bajo la guía providencial de mi Padre Celestial hacia la meta segura de mi salvación. Desde que abandoné la Iglesia Católica Romana, he visto muy claramente que a fin de poseer todas las cosas primero es necesario abandonar todas las cosas.
"Por gracia sois salvos por medio de la fe"
A ustedes, mis ex compañeros en el sacerdocio, digo de todo corazón: "Me siento muy feliz en la nueva vida que he abrazado en Cristo y en su evangelio; quisiera que todos ustedes fuesen tocados por esta misma gracia. No los olvidaré en mis oraciones, y confío que tengo un lugar en todos los que buscan la verdad con sinceridad y con un corazón recto. Estén seguros de que la salvación es un asunto personal entre Dios y cada uno de ustedes. La salvación no está en la afiliación en una iglesia, ni en las prácticas piadosas, servicios, rosarios, mensajes de Fátima, etc. Es algo evidentemente equivocado creer que uno puede salvarse por observar los "Primeros viernes", o los "Primeros sábados". Sólo nuestra aceptación personal por la fe del hecho extraordinario de la Redención de Jesucristo puede salvar nuestras almas. "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; a quien Dios Puso' como propiciación por medio de la fe en su sangre, Para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados" (Romanos 3:23-25).
Esta es doctrina bíblica; es la doctrina de Pablo en Romanos. Estudien las Escrituras y ellas le guiarán a la verdad. Cuídense de seguir el camino equivocado, Piensen en esto hoy. Mañana podría ser demasiado tarde.

Testimonio extraido del Libro "Lejos de Roma, cerca de Dios", el cual cuenta el testimonio personal de 55 ex sacerdotes católicos que decidieron abandonar el romanismo y el cargo que ocupaban en él para rendir su vida a Cristo.

John Bunyan

A pesar de su escasa educación secular, la exquisita sensibilidad espiritual de Bunyan (1628-1688) hizo de él la figura religiosa de mayor relieve en Gran Bretaña. Exceptuando la Biblia, ningún libro religioso ha gozado de tanto éxito entre la clase media y baja de ese país como su Progreso del Peregrino (1682). Años antes, había escrito La gracia abundante para el primero de los pecadores (1666), donde narra su conversión. Entre el resto de sus numerosos escritos, merece también mencionarse La Guerra Santa y Defensa de la Justificación por la Fe. Esta última, una crítica despiadada contra el creciente pelagianismo, suscito las críticas de muchos clérigos.

Llamado al ministerio después de su conversión, Bunyan se unió a una iglesia no conformita, que era bautista calvinista en cuanto a la doctrina y congregacional en cuanto al gobierno. Lo mismo en sus sermones que en sus escritos, se preocupaba por exponer sencillamente las verdades evangélicas, sin lenguaje técnico, sino apoyado en lo experimental. Aunque no pertenecía al clero, su actividad como predicador laico fue enorme. Por su valentía en proclamar y vivir la fe evangélica, paso doce años y medio en la cárcel de Bedford, negándose a obtener la libertad a cambio de silencio. Se ha hecho famosa su respuesta: “Si me sueltan hoy, volveré a predicar mañana”. Fue pastor en la ciudad de Bedfor durante 16 años hasta su muerte, ocurrida después de una cabalgata bajo la lluvia que iba de Reading a Londres.

Extraido de: Diccionario Teologico Ilustrado, Editorial Clie 2001
Francisco Lacueva, Alfonso Ropero

Nabucodonosor II

Nombre que el Antiguo Testamento da al que fue rey de Babilonia desde 605 hasta 562 a.C. Es Nabucodonosor II y no debe confundírsele con Nabucodonosor I, quien fue rey de la cuarta dinastía babilónica y gobernó en esa ciudad en el siglo XII.

El padre de Nabucodonosor, Nabopolasar, fue el primer rey del Imperio Beobabilonico o Caldeo. Aun antes de ascender al trono, Nabucodonosor se distinguió por su actividad militar. Poco antes de morir su padre, Nabucodonosor marcho a la cabeza de un ejército para enfrentarse a las tropas de Necao, rey de Egipto. Josías, rey de Judá, fiel a su alianza con Babilonia, se apuso a Necoa en Meguido, y murió a consecuencia de las heridas recibidas. Le sucedió su hijo Joacaz. Sin embargo, Necoa no acepto esta sucesión y coloco en su lugar a Joacim, otro hijo de Josías y hermano de Joacaz. A este último lo llevaron cautivo a Egipto (2R 23:28-35; 2Cr.35:20-36:4). Mas las victorias de Necao fueron efímeras, pues Nabucodonosor le derroto en Carquemis (605 a.C.). Joacim y su reino quedaron sujetos al Imperio Babilonio.

Las noticias de la muerte del rey Nabopolasar obligaron a Nabucodonosor a regresar a Babilonia. Sin embargo, después de algunos años Joacim, alentado por el aparente resurgimiento de la potencia de Egipto, se rebeló contra Nabucodonosor, y este envió sus tropas para que para que atacasen a Judá. Joacim murió en la campaña y le sucedió su hijo Joaquin. Cuando os babilonios tenia situada Jerusalén, el propio Nabucodonosor vino a dirigir la campaña. En el año 597 Jerusalén cayo, y Nabucodonor se apodero de los tesoros del templo y del palacio. Además, a babilonia llevaron en calidad de prisioneros al rey Joaquín, sus familiares y algunos personajes del reino. Junto con ellos, Nabucodonosor llevo consigo varios millares de obreros y soldados que desde entonces habrían de servirle. En lugar de Joaquín, Nabucodonosor coloco sobre el trono de Jerusalén a Sedequías tío de Joaquín (2R.24:1-7; 2Cr.36:5-10). Resulta difícil conpaginar los detalles de estas dos narraciones, y por ello hemos seguido aquí la primera de ellas. Se han encontrado textos babilónicos en los que se habla del rey Joaquín, que vivía en cautiverio en esa ciudad.

El nuevo rey, Sedequías, a pesar de ser criatura de Nabucodonosor, no tardo en rebelarse en su contra. Fue entonces cuando Nabucodonosor “vino con todo su ejército a Jerusalén, y la sitio, y levanto torres contra ella alrededor” (2R.25:1). Tras un periodo de sitio, el rey y su ejército huyeron de la ciudad, pero los caldeos dieron con ello, dispersaron al ejército Judío y capturaron a Sedequías. A esto lo llevaron frente a Nabucodonosor. Ahí degollaron a sus hijos en presencia suya, y a él le sacaron los ojos, después de los cual lo llevaron cautivo a Babilonia.

La ciudad de Jerusalén fue destruida. Todos los principales edificios fueron incendiados, y los caldeos echaron abajo las murallas de la ciudad. Dejando solo a los labradores para que trabajaran en la tierra, Nabuzaradán, capitán de la guardia de Nabucodonosor, llevó cautivos a Babilonia al resto de la población. Junto con este gran número de esclavos, los caldeos llevaron consigo todo cuanto pudieron tomar del templo y los palacios de Jerusalén (2 R 24.18-25.21; 2 Cr 36.11-21). Fue durante esta época, y en torno a estos acontecimientos, que profetizó Jeremías y a causa de ello se le acusó de traición. Debido a estos aciagos acontecimientos de la caída y destrucción de Jerusalén y del cautiverio del pueblo, el año 587 a.C. es de importancia capital para la historia de Israel.

Aparte de las campañas mencionadas, algunos textos babilónicos describen muchas otras que Nabucodonosor dirigió. Entre sus aliados se contaban los Medos, que en tiempos de Belsasar contribuirían a poner fin al Imperio Neobabilónico. Además, durante el reinado de Nabucodonosor se erigieron en Babilonia algunas de sus más grandes obras arquitectónicas, construidas en gran parte con materiales y artesanos procedentes de tierras conquistadas, como los judíos. Entre estas obras se destacaban los "jardines colgantes de Babilonia", de los cuales hoy solo quedan algunos rastros difícilmente reconocibles.

Según Daniel 4, Nabucodonosor pasó por un período de locura, tras el que una vez restablecido alabó a Dios como Rey y Señor. Los textos babilónicos y el resto de la literatura veterotestamentaria, nada dicen al respecto.

El período de más de medio siglo durante el que Nabucodonosor reinó en Babilonia fue la época de oro del Imperio Caldeo. En tiempo de su hijo Evil-Merodac comenzó la decadencia, que culminaría poco después con la caída de Babilonia mientras Belsasar celebraba su famoso banquete. 

Extraido de: "Dioccionario Ilustrado del Biblia". Wilton M. Nelson, Grupo Nelson 2013.

Juan Calvino

Cuidemos de que nuestras palabras y pensamientos no vayan más allá de lo que la Palabra de Dios nos dice. [...] Dejémosle a Dios su propio conocimiento, [...] y concibámoslo tal como Él se nos da a conocer, sin tratar de descubrir algo acerca de su naturaleza aparte de su Palabra.
Juan Calvino
Sin lugar a dudas, el más importante sistematizador de la teología protestante en el siglo XVI fue Juan Calvino. Mientras Lutero fue el espíritu fogoso y propulsor del nuevo movimiento, Calvino fue el pensador cuidadoso que forjó de las diversas doctrinas protestantes un todo coherente. Además, para Lutero su búsqueda tormentosa de la salvación y su descubrimiento de la justificación por la fe fueron tales que siempre dominaron toda su teología. Calvino, como hombre de la segunda generación, no permitió que la doctrina de la justificación eclipsara el resto de la teología cristiana, y por ello les prestó mayor atención a varios aspectos del cristianismo que habían quedado postergados en Lutero: en particular, a la doctrina de la santificación.

La formación de Calvino

Calvino nació en la pequeña ciudad de Noyon, en Francia, el 10 de julio de 1509, cuando Lutero había ya dictado sus primeras conferencias en la universidad de Wittenberg. Su padre pertenecía a la clase media de la ciudad, y trabajaba principalmente como secretario del obispo y procurador del capítulo de la catedral. Haciendo uso de tales conexiones, le procuró a su hijo Juan dos beneficios eclesiásticos con los cuales costearse los estudios. Con esos recursos, el joven Calvino fue a estudiar a París, donde conoció tanto el humanismo como la reacción conservadora que se le oponía. La discusión teológica que tenía lugar en esos días lo llevó a conocer las doctrinas de y clif, Huss y Lutero. Pero, según él mismo dice: “estaba obstinadamente atado a las supersticiones del papado”. En 1528 completó sus estudios en París, al obtener el [Vol. 2, Page 72] grado de Maestro en Artes, y decidió dedicarse a la jurisprudencia. Con ese propósito, continuó sus estudios en Orleans y en Bourges, bajo dos de los más célebres juristas de la época, Pierre de l’Estoile y Andrea Alciati. El primero seguía los métodos tradicionales en el estudio e interpretación de las leyes, mientras que el segundo era un humanista elegante y quizá algo fatuo. Cuando hubo un debate entre ambos, Calvino intervino a favor del primero. Esto es importante porque indica que, aun en esos tiempos en que comenzaba a dejarse cautivar por el espíritu humanista, Calvino no sentía simpatías hacia la elegancia vacua que frecuentemente se posesionaba de algunos de los más famosos humanistas.[Vol. 2, Page 73] Pero a pesar de su conflicto con Alciati, Calvino estaba decidido a seguir el camino de los humanistas. Pronto se unió a un pequeño círculo de estudiosos y admiradores de Erasmo, y se dedicó a los estudios humanistas. Luego, aunque recibió su licencia para practicar la abogacía en 1530, su principal ocupación durante los próximos dos años parece haber sido la preparación de un comentario acerca de la obra de Séneca, De clemencia. Este comentario, publicado en 1532, fue relativamente bien recibido, aunque no colocó a su autor en el número de los más ilustres humanistas.

La conversión

No se sabe a ciencia cierta qué llevó a Calvino a abandonar la fe romana, ni la fecha exacta en que lo hizo. A diferencia de Lutero, Calvino nos dice poco acerca del estado interior de su alma. Pero lo más probable parece ser que en medio del círculo de humanistas en que se movía, y a través de sus estudios de las Escrituras y de la antigüedad cristiana, Calvino llegó a la convicción de que tenía que abandonar la comunión romana, y seguir el camino de los protestantes. En 1534 se presentó en su ciudad natal de Noyon, y renunció a los beneficios eclesiásticos que su padre le había procurado, y que eran su principal fuente de sostén económico. Si ya en ese momento estaba decidido a abandonar la iglesia romana, o si ese gesto fue sencillamente un paso más en su peregrinación espiritual, nos es imposible saberlo. El hecho es que en octubre de 1534 Francisco I, hasta entonces relativamente tolerante para con los protestantes, cambió su política, y en enero del año siguiente Calvino se exiliaba en la ciudad protestante de Basilea.

La Institución de la religión cristiana

Calvino se sentía llamado a dedicarse al estudio y las labores literarias. Su propósito no era en modo alguno llegar a ser uno de los jefes de la Reforma, sino más bien encontrar un lugar tranquilo donde estudiar las Escrituras y escribir acerca de la nueva fe. Poco antes de llegar a Basilea, había escrito un breve tratado acerca del estado de las almas de los muertos antes de la resurrección. Según él concebía su propia vocación, su tarea consistiría en escribir otros tratados como ése, que sirvieran para aclarar la fe de la iglesia en una época de tanta confusión. Por lo pronto su principal proyecto era un breve resumen de la fe cristiana desde el punto de vista protestante. Hasta entonces, casi toda la literatura protestante, llevada por la urgencia de la polémica, había tratado exclusivamente acerca de los puntos en discusión, y había dicho poco acerca de las otras doctrinas fundamentales del cristianismo, tales como la Trinidad, la encarnación, etc. Lo que Calvino se proponía entonces era llenar ese vació con un breve manual al que le dio el título de Institución de la religión cristiana. La primera edición de la Institución cristiana apareció en Basilea en 1536. Era un libro de 516 páginas, pero de formato pequeño, de modo que cupiera fácilmente en los amplios bolsillos que se usaban entonces, y pudiera por tanto circular disimuladamente en Francia. Constaba de sólo seis capítulos. Los primeros cuatro trataban acerca de la ley, el Credo, el Padrenuestro y los sacramentos. Los dos últimos, de tono más polémico, resumían la posición protestante con respecto a los “falsos sacramentos” romanos, y a la libertad cristiana.[Vol. 2, Page 74] El éxito de esta obra fue inmediato y sorprendente. En nueve meses se agotó la edición que, por estar en latín, resultaba accesible a lectores de diversas nacionalidades. A partir de entonces Calvino continuó preparando ediciones sucesivas de la Institución, que fue creciendo según iban pasando los años. Las diversas polémicas de la época, las opiniones de varios grupos que Calvino consideraba errados, y las necesidades prácticas de la iglesia, fueron contribuyendo al crecimiento de la obra, de tal modo que para seguir el curso del desarrollo teológico de Calvino, y de las polémicas en que se vio envuelto, bastaría comparar las ediciones sucesivas de la Institución. Puesto que no podemos hacer tal cosa aquí, nos limitaremos a hacer constar las fechas e idiomas de las diversas ediciones aparecidas en vida de Calvino, para terminar con un breve resumen de la última. Tras la edición de 1536, en latín, apareció en Estrasburgo la de 1539, en el mismo idioma. En 1541 Calvino publicó en Ginebra la primera edición francesa, que es una obra maestra de la literatura en ese idioma. A partir de entonces, las ediciones aparecieron en pares, una latina seguida de su versión francesa, como sigue: 1543 y 1545, 1550 y 1551, 1559 y 1560. Puesto que las ediciones latina y francesa de 1559 y 1560 fueron las últimas producidas en vida de Calvino, son ellas las que nos dan el texto definitivo de la Institución. Ese texto definitivo dista mucho de ser el pequeño manual de doctrina que Calvino había tenido en mente al publicar su primera edición, pues los seis capítulos de 1536 se han vuelto cuatro libros con un total de ochenta capítulos. El primer libro trata acerca de Dios y su revelación, así como de la creación y de la naturaleza del ser humano, pero sin incluir la caída y la salvación. El segundo libro trata acerca de Dios como redentor, y del modo en que se nos da a conocer, primero en el Antiguo Testamento, y después en Jesucristo. El tercero trata acerca de cómo, por el Espíritu, podemos participar de la gracia de Jesucristo, y de los frutos que ello produce. Por último, el cuarto trata de “los medios externos” para esa participación, es decir, de la iglesia y los sacramentos. En toda la obra se manifiesta un conocimiento profundo, no sólo de las Escrituras, sino también de los antiguos escritores cristianos, particularmente San Agustín, y de las controversias teológicas del siglo XVI. Sin lugar a dudas, ésta fue la obra cumbre de la teología sistemática protestante en todo ese siglo.

El reformador de Ginebra

Calvino no tenía la menor intención de dedicarse a la vida activa de sus muchos correligionarios que en diversas partes llevaban a cabo la obra reformadora. Aunque sentía hacia ellos profundo respeto y admiración, estaba convencido de que sus dones no eran los del pastor ni los del adalid, sino más bien los del estudioso y el escritor. Tras una breve visita a Ferrara, y otra a Francia, decidió establecer su domicilio en Estrasburgo, donde la causa reformadora había triunfado, y donde había una gran actividad teológica y literaria que le parecía ofrecer un ambiente propicio para sus labores. Empero el camino más directo hacia Estrasburgo estaba cerrado por razones de una guerra, y Calvino tuvo que desviarse y pasar por Ginebra. La situación en esa ciudad era confusa. Algún tiempo antes, la ciudad protestante de Berna había [Vol. 2, Page 75] enviado misioneros a Ginebra, y éstos habían logrado obtener el apoyo de un pequeño núcleo de laicos instruidos que ansiaban la reforma de la iglesia, y de un fuerte contingente de burgueses cuyo principal deseo parece haber sido lograr ciertas ventajas y libertades que no tenían bajo el régimen católico. El clero, por lo general de escasa instrucción y menos convicción, sencillamente había seguido las órdenes del gobierno de Ginebra cuando éste decidió abolir la misa y optar por el protestantismo. Esto había sucedido unos pocos meses antes de la llegada de Calvino a Ginebra, y por tanto los misioneros procedentes de Berna, cuyo jefe era Guillermo Farel, se encontraban al frente de la vida religiosa de toda la ciudad, y carentes del personal necesario. Calvino llegó a Ginebra con la intención de pasar allí no más de un día, y proseguir su camino hacia Estrasburgo. Pero alguien le avisó a Farel que el autor de la Institución se encontraba en la ciudad, y se produjo así una entrevista inolvidable que el propio Calvino nos cuenta.[Vol. 2, Page 76] Farel, que “ardía con un maravilloso celo por el avance del evangelio”, le presentó a Calvino varias razones por las que se precisaba su presencia en Ginebra. Calvino escuchó atentamente a su interlocutor, unos quince años mayor que él, pero se negó a acceder a su ruego, diciéndole que tenía proyectados ciertos estudios, y que no le sería posible llevarlos a cabo en la situación que Farel describía. Cuando este último hubo agotado todos sus argumentos, sin lograr convencer al joven teólogo, apeló al Señor de ambos, e increpó al teólogo con voz estentórea: “Dios maldiga tu descanso, y la tranquilidad que buscas para estudiar, si ante una necesidad tan grande te retiras, y te niegas a prestar socorro y ayuda”. Ante tal imprecación, nos cuenta Calvino: “esas palabras me espantaron y quebrantaron, y desistí del viaje que había emprendido”. Y así comenzó la carrera de Juan Calvino como reformador de Ginebra. Aunque al principio Calvino accedió sencillamente a permanecer en la ciudad, y a colaborar con arel, pronto su habilidad teológica, su conocimiento de la jurisprudencia y su celo reformador hicieron de él el personaje central en la vida religiosa de la ciudad, mientras Farel gustosamente se convertía en su colaborador. Empero no todos estaban dispuestos a seguir el camino de reforma que Calvino y Farel habían trazado. En cuanto comenzaron a exigir que se siguieran verdaderamente los principios protestantes, muchos de los burgueses que habían apoyado la ruptura con Roma comenzaron a ofrecerles resistencia, al tiempo que hacían llegar a otras ciudades protestantes en Suiza rumores acerca de los supuestos errores de los reformadores ginebrinos. El conflicto se produjo por fin en torno al asunto del derecho de excomunión. Calvino insistía en que, para que la vida religiosa se conformara verdaderamente a los principios reformadores, era necesario excomulgar a los pecadores impenitentes. Ante lo que parecía ser un rigorismo excesivo, el gobierno de la ciudad se negó a seguir los consejos de Calvino. A la postre, el conflicto fue tal que Calvino fue desterrado. El fiel Farel, que pudo haber permanecido en la ciudad, escogió el exilio antes que servir de instrumento a los burgueses que querían una religión con toda clase de libertades y pocas obligaciones. Calvino vio en todo esto una puerta que el cielo le abría para continuar la vida de estudio y retiro que había proyectado, y se dirigió a Estrasburgo. Pero en esa ciudad el jefe del movimiento reformador, Martín Bucero, tampoco lo dejó en paz. Había allí un fuerte contingente de franceses, exiliados por motivos religiosos, carentes de dirección pastoral, y Bucero hizo que Calvino quedara a cargo de ellos. Fue entonces cuando nuestro teólogo produjo una liturgia francesa, y tradujo varios salmos y otros himnos, para que los cantaran los franceses exiliados. Además produjo la segunda edición de la Institución, y contrajo matrimonio con la viuda Idelette de Bure, con quien fue muy feliz hasta que la muerte la llevó en 1549. Los tres años que Calvino pasó en Estrasburgo fueron probablemente los más felices y tranquilos de su vida. Pero a pesar de ello siempre se dolía de no haber podido continuar la obra reformadora de Ginebra, por cuya iglesia sentía un gran amor y responsabilidad. Por tanto, cuando las circunstancias cambiaron en la ciudad suiza, y el gobierno lo invitó a regresar, Calvino no vaciló, y una vez más quedó a cargo de la obra reformadora en Ginebra. Fue a mediados de 1541 cuando Calvino regresó a Ginebra. Una de sus primeras acciones fue redactar las Ordenanzas eclesiásticas, que fueron aprobadas pocos meses después por el gobierno de la ciudad, aunque con algunas enmiendas. Según [Vol. 2, Page 77] se estipulaba en ellas, el gobierno de la iglesia quedaba principalmente en manos del Consistorio, que estaba formado por los pastores y por doce laicos que recibían el nombre de “ancianos”. Puesto que los pastores eran cinco, los laicos eran la mayoría del Consistorio. Pero a pesar de ello el impacto personal de Calvino era tal que casi siempre ese cuerpo siguió sus deseos. Durante los próximos doce años, hubo conflictos repetidos entre el Consistorio y el gobierno de la ciudad, pues el cuerpo eclesiástico, siguiendo la inspiración de Calvino, trataba de regular las costumbres con una severidad que no siempre era del agrado del gobierno. En 1553 la oposición había vuelto a ganar las elecciones, y la situación política de Calvino era precaria. Fue entonces cuando comenzó el famoso proceso de Miguel Serveto. Este era un médico español, autor de varios libros de teología, que estaba convencido de que la unión de la iglesia con el estado a partir de Constantino había constituido una gran apostasía, y que el Concilio de Nicea, al promulgar la doctrina trinitaria, había ofendido a Dios. Serveto acababa de escapar de las cárceles de la inquisición católica en Francia, donde se le seguía proceso de herejía, y se vio obligado a pasar por Ginebra, donde fue reconocido cuando fue a escuchar a Calvino predicar. Fue arrestado, y Calvino preparó una lista de treinta y ocho acusaciones contra él. Puesto que Serveto era un erudito, y además había sido acusado de herejía por los católicos, el partido que se oponía a Calvino en Ginebra adoptó su causa. Pero el gobierno de la ciudad les pidió consejo a los cantones protestantes de Suiza, y todos concordaron en que Serveto era hereje. Esto acalló a la oposición, y se resolvió condenar a Serveto a ser quemado vivo, aunque Calvino trató de que en lugar de ello se le decapitara, por ser una pena menos cruel. La muerte de Serveto fue duramente criticada, principalmente por Sebastián Castellón, a quien Calvino había hecho expulsar de la ciudad por interpretar el Cantar de los Cantares como un poema de amor. A partir de entonces ese incidente se ha vuelto símbolo del dogmatismo rígido que reinaba en la Ginebra de Calvino. Y no cabe duda de que hay mucho de verdad en esto. Pero no se olvide que en la misma época, y en diversas partes de Europa, tanto católicos como protestantes estaban procediendo de manera semejante contra quienes consideraban herejes. El propio Seneto fue condenado a la hoguera por la inquisición francesa, que no pudo llevar a cabo su sentencia por la fuga del reo. En todo caso, después de la ejecución de Serveto la autoridad de Calvino en Ginebra no tuvo rival, sobre todo por cuanto los teólogos de todos los demás cantones suizos protestantes le habían prestado su apoyo, al tiempo que sus opositores se habían visto en la difícil situación de defender a un hereje condenado tanto por los católicos como por los demás protestantes de Suiza. En 1559 Calvino vio cumplirse uno de sus sueños, al ser fundada la Academia de Ginebra, bajo la dirección de Teodoro de Beza, quien después sucedería a Calvino como jefe religioso de la ciudad. En aquella academia se formó la juventud ginebrina según los principios calvinistas. Pero su principal impacto se debió a que en ella cursaron estudios superiores personas procedentes de varios otros países, que después llevaron el calvinismo a ellos. Hacia el fin de sus días, Calvino preparó su testamento y se despidió de sus colaboradores. Farel, que se había dedicado a proseguir la obra reformadora en Neuchatel, fue a ver a su amigo por última vez. Murió el 27 de mayo de 1564. [Vol. 2, Page 78]

Calvino y el calvinismo

En vida de Calvino, la principal cuestión teológica que dividía a los protestantes (aparte, claro está, de los anabaptistas) era la de la presencia de Cristo en la comunión, que según hemos visto fue la principal causa de desavenencia entre Lutero y Zwinglio. En este punto, Calvino siguió el ejemplo de su amigo Bucero, el reformador de Estrasburgo, quien tomaba una posición intermedia entre Lutero y Zwinglio. Para Calvino, la presencia de Cristo en la comunión es real, pero espiritual. Esto quiere decir que no se trata de un mero símbolo, o de un ejercicio de devoción, sino que en la comunión hay una verdadera acción por parte de Dios en pro de la iglesia que participa de ella. Pero al mismo tiempo esto no quiere decir que el cuerpo de Cristo descienda del cielo ni que esté presente en varios altares al mismo tiempo, como pretendía Lutero. Lo que sucede es más bien que en el acto de la comunión, por el poder del Espíritu Santo, los creyentes son llevados al cielo, y participan con Cristo de un anticipo del banquete celestial. En 1536, Bucero, Luteros y otros llegaron a la Concordato de Wittenberg, un documento que lograba salvar las diferencias entre ambas posiciones. En 1549, Bucero, Calvino, los principales teólogos protestantes suizos, y varios otros del sur de Alemania, firmaron el Consenso de Zurich, otro documento semejante. Además, Lutero le había prestado buena acogida a la Institución de Calvino. Por tanto, las diferencias entre los diversos reformadores en lo que a la comunión se refería no parecían ser insalvables. Empero los seguidores de los grandes maestros estaban dispuestos a mostrarse más estrictos que ellos. En 1552 el luterano Joaquín Westphal publicó un ataque contra Calvino, donde decía que el calvinismo se estaba introduciendo subrepticiamente en los territorios luteranos, y se declaraba campeón de la posición de Lutero con respecto a la comunión. Lutero había muerto, y Melanchthon se negó a atacar a Calvino, como lo deseaba Westphal. Pero el resultado de todo esto fue el distanciamiento cada vez mayor entre quienes seguían a Lutero y quienes aceptaban el Consenso de Zurich, que a partir de 1580 recibieron el nombre de “reformados”. Por tanto, durante este primer período la marca característica de los “calvinistas” o “reformados” no era su doctrina de la predestinación, sino su opinión con respecto a la comunión. Sólo más tarde, según veremos en otra parte de esta historia, la doctrina de la predestinación vino a ser la característica distintiva del calvinismo. En vida de Lutero y de Calvino no podía ser así, pues ambos reformadores afirmaban la predestinación. En todo caso, debido en parte a la Academia de Ginebra, y en parte a la Institución de la religión cristiana, la influencia de Calvino pronto se hizo sentir en diversas partes de Europa, y a la postre surgieron varias iglesias —en Holanda, Escocia, Hungría, Francia, etc. — que seguían las doctrinas del reformador de Ginebra, y que se conocen como “reformadas” o “calvinistas”. Por último, antes de terminar este capítulo debemos mencionar que algunos historiadores y economistas han señalado la existencia de una relación entre el calvinismo y los orígenes del capitalismo. Algunos han tratado de probar que el calvinismo fue el espíritu propulsor del capitalismo. Pero lo más correcto parece ser que ambos movimientos comenzaban a cobrar impulso en la misma época, y que pronto se aliaron. Al seguir el curso del calvinismo en diversos países, veremos algo de esa alianza y de sus resultados.
Extraido de Historia del Cristianismo Tomo II
Justo L. Gonzales, pg. 35 - 39

Flavio Josefo

El historiador Flavio Josefo (35-100) es una de las fuentes más importantes para conocer la historia judía del Siglo I de la Era Cristiana, y nos provee material preciso para entender muchos de los acontecimientos mencionados en los escritos de los APOSTOLES. Nacido en el año primero del reinado de CALIGULA, en su autobiografía dice que proviene de una familia de la clase alta sacerdotal, recibió un esmeradísima educación con los mejores RABINOS de JERUSALEN. Sus inquietudes espirituales lo llevaron a indagar en las diversas escuelas o sectas en las que se dividía el judaísmo, estuvo tres años en el desierto bajo la dirección de un ermitaño llamado Banos y frecuento también las comunidades de los Esenios, concluyendo por adherirse a los FARISEOS. Político hábil, se ganó la confianza de las autoridades del TEMPLO, donde entro a trabajar, y en el año 64 lo enviaron a ROMA en una embajada destinada a lograr la liberación de unos sacerdotes encarcelados por el procurador Félix, el mismo que es mencionado en los HECHOS DE LOS APOSTOLES. Allí logro su cometido gracias a la amistad con la simpatizante Popea, mujer de NERON.
Flavio Josefo se adhirió a la causa de los romanos y el lector de sus obras puede ver bien claramente como en sus libros adula a los emperadores TITO y VESPECIANO. Cuando los judíos se levantaron en rebelión contra los romanos en el año 66, Flavio Josefo se unió a los rebeldes, para pasarse después al bando de los invasores, y se marchó a Roma juntamente con Tito después de la toma de Jerusalén por las tropas romanas en el año 70 d.C. Allí se le concedió la ciudadanía romana y tomo el nombre de Flavio en honora su protector, que era de la familia de los Flavio. En roma y en lengua griega, escribió sus cuatro obras: La guerra de los judíos, Las antigüedades, Contra Apión y su Vida, de la que publico en el año 100 una segunda edición.

Extraído de "Enciclopedia ilustrada de historia de la iglesia" Editorial Clie 1979.